PAMPLONA - Feria del Toro

 

 

CUATRO OREJAS

En la última corrida de los Sanfermines 2017


Un bravo Rafaelillo cerró la feria con una nueva puerta grande ante una flojísima y decepcionante miurada * Javier Castaño y Rubén Pinar cortaron sendas orejas y sus fallos con los aceros les privaron de salir en volandas

 

efe_20170714_213052_pa2497_8165_4

Rafaelillo


Pablo García-Mancha – Pamplona – 14-07-17


Seis toros de Miura, en el tipo de la casa, pero flojos en extremo, de poca casta, sin emoción ni gracia.


Rafael Rubio “Rafaelillo”: oreja y oreja tras aviso (salió por la puerta grande)

Javier Castaño: oreja y saludos

Rubén Pinar: silencio y oreja.


Presidencia.- A cargo de Aritz Romeo, asesorado por Josetxo Gimeno y Jesús María de Andrés.


Incidencia.- Lleno aparente en los tendidos, en una tarde fresca y soleada.


Rafaelillo recibió al primer miura con una larga y un farol de rodillas en tablas, que debe de ser algo así como endilgarse una copa de sol y sombra nada más levantarse de la cama. Pero el de Zahariche no era de coñac; acaso ni de mantequilla, ya que su fulgor inicial quedó dramáticamente reducido desde el primer encuentro con el caballo y se quedó tan suave y meloso como un curasán, con dos pitones pero un curasán; tan noble y bobalicón que el pequeño torero de Murcia anduvo tan sobrado y fácil que le cortó la oreja sin despeinarse. La estocada certera es el mejor resorte para el pañuelo en este festival de orejas que se ha convertido la feria de San Fermín. El cuarto tuvo algo más de consistencia y todavía más Rafaelillo, que por momentos fue Rafaelazo, a pesar de que se jugó la vida mientras la plaza se daba por completo al arte de la merienda en sus distintas versiones de bocadillos, tapas y raciones. No se enteró casi nadie de su entrega hasta que voló por los aires en un derrote del toraco más pesado del abono, 660 kilos de vellón dio en la romana Nevadito. Antes de la voltereta no se escuchó ni un aplauso, ni un reconocimiento a pesar de que es el alimento que llena el alma de los toreros. Pero en esta plaza la merienda no la perdona casi nadie y solo al final se contagió el tendido de la suficiente vibración para que la estocada endilgada del torero sin chaleco ni chaquetilla y con un tirante a la virulé hiciera una vez más girar los goznes de la puerta grande.


Tremenda fue la estocada de Javier Castaño que tiró sin puntilla al segundo miura, que no era de mantequilla sino de algodón. Déjalo se llamaba el miureño y Castaño persiguió el trofeo hasta que lo dejó sentado con un excelente volapié tras una faena que tuvo dos partes, la primera marcada por las distancias y el alegre galope del toro, y una segunda conmiserativa porque el hermoso ejemplar tan cárdeno como agalgado apenas se sostenía en pie. La espada fue esencial para el premio peludo, como casi siempre. En el quinto, el diestro leonés salió decidido a por un nuevo triunfo. Comenzó la faena sentado en una silla ante un burel tostado muy descarado de cuerna que mediada la faena embistió con algo más de motor. Muy firme Castaño, manejando muy bien los flecos de la muleta dejándolos en el morro para tirar de él en varias series muy logradas y con compás. Era de oreja, pero falló con la espada y se marchó caminando pero orgulloso de sí mismo porque estuvo a un gran nivel.


El tercero tuvo una única virtud: humillar. Pero visto el resto de sus constantes vitales este cronista cree que se debió al peso de sus pitones bizcos y acapachados más que a su condición, que no era muy lejana al aspecto de viejo buey y sus andares indefinibles. De mazorca amplia y de longitud mediana, la materia prima del miura fue en este caso de una aleación gomosa, ya que a pesar de su forma de caminar trastabillándose acababa volviendo a su ser para asombro de la ciencia biodinámica. La faena de Pinar fue una porfía similar a la de sus compañeros pero marró a espadas. Así que se quedó sin oreja. El último de la feria tuvo un punto más de exigencia. Pinar se trabajó la faena por ambos pitones y estuvo realmente valiente para sortear tarascadas y derrotes al aire. No quería irse sin puntuar y entre la ola que hizo la plaza y un olé que salió del tendido dos consiguió cierto brillo en una faena marcada por su entrega. Entró la espada y salió el pañuelo.

 

efe_20170714_212835_pa2495_31562_4

banner1

banner3
banner4