MANIZALES - Colombia

 

 

VIDAS PARALELAS


Sus naturales por ambos pitones fueron compases canoros que el público interpretó con olés también melodiosos

 

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Juan Bautista en Manizales

 

 


Por.-  Daniel Sebastián Ríos Marín – Manizales – 09-01-18


A veces cuesta imaginarse a los toreros por fuera de una plaza de toros. Los ve uno en el ruedo con caras afligidas y caminando siempre con un aire sereno que es a la vez recio y dulce; una combinación extraña que confluye en quien se sabe capaz de enfrentar a un animal listo para matar en cualquier instante y también de quien se sabe capaz de crear obras de arte que tienen por marco la arena de un ruedo y por testigos a quince mil personas que compran una boleta con la ilusión de encontrar suavidad en los lances y muletazos que se ligan a la vera de la dureza de embestidas asesinas.


Vuelvo a los toreros y, sobre todo, cuando no son mediáticos, cuesta imaginarlos con ropas distintas a las del traje de luces, no sabe uno si cumplen con los deberes de los demás humanos; ¿acaso, después de una corrida de toros, los esperaran sus hijos para hacer las tareas de la escuela, como los niños que esperan a que sus padres regresen de la oficina? ¿Van al supermercado? ¿Pagan los recibos de servicios públicos? ¿Se inscriben en el RUT? Como desconozco las respuestas, les imagino alguna vida alternativa.


Cuando en la tarde del 8 de enero en Manizales Juan Bautista toreaba con lentitud, temple y suavidad a un buen toro de Santa Bárbara lo imaginé como el más pulcro músico, pero también lo soñé como escritor romántico encerrado en un cuarto componiendo versos hermosos. Y lo disfracé de pintor y escultor. Es que todas esas vidas las encarnó Juan Bautista en el ruedo de Manizales. Sus naturales por ambos pitones fueron compases canoros que el público interpretó con olés también melodiosos. Su toreo con el capote fue compendio de versos que se tallaron en el alma de quienes lo vieron. Más de uno tomó fotografías que cuando las impriman podrán decir que las pintó Jalabert, aunque no lleven su firma, tal como ocurrió con la obra sinfónica, literaria y pictórica que creó en el ruedo a la que le faltó la firma de matador de toros; como al entrar a matar pinchó dos veces, las orejas se convirtieron en dos aclamadas vueltas al ruedo.


En su segundo toro, Juan Bautista cambió los delicados trazos de su primera faena por un toreo poderoso y firme; aunque metió la espada con facilidad, sin dudarlo fue por el descabello y, como esteta que es, se dobló con garbo y descabelló con belleza. Al fin y al cabo, como dice una amiga, la brevedad es también una virtud estética.


Una vida menos dulce le descubrí a Ramsés que recibió una embestida asesina cuando saliendo de un toro se enredó en el capote y cayó a la arena, el animal se fijó en el bulto que caía y lo prendió de forma certera por la mejilla. Los recuerdos de la imagen de la cornada famosa de Padilla, o el más reciente y funesto episodio de Fandiño envuelto en un capote, cruzaron por la plaza. Después del milagro y de pasar por la enfermería, Ramsés se hizo alfarero y con los vestigios de su sangre en la camisa y barro en su vestido fabricó una faena maciza a un muy buen toro que hizo quinto en la corrida. Le pidieron las dos orejas, la presidencia dijo una y le dieron vuelta al ruedo al toro.


Ginés Marín hizo de secretario. La voluntad de torear bien al tercer toro de la corrida fue su forma de redactar la constancia ficticia que dio cuenta de lo que ocurrió en la segunda corrida de la feria y que gustosos suscribieron los ganaderos de Santa Bárbara pues sus toros bonitos tuvieron muchas virtudes.

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